Hay una realidad que llena continuamente nuestro corazón de pesar. Una realidad que siempre nos está tocando, ya sea porque nosotros la aceptamos o porque los que viven cerca de nosotros la aceptan: el mal, el pecado.

Cuando vemos que un papá ofende a sus hijos con palabras groseras o cuando vemos hermanos que se insultan, son injustos, viven en la mentira, en el dolo, roban al prójimo, al pueblo, etcétera, nos da tristeza; es el mal aceptado en la historia de un pueblo, en una familia, en las relaciones personales, en uno mismo.

Tenemos áreas en las que hemos aceptado el mal. Sabemos que no nos encontramos muy bien. Lo llamamos también “nuestro pecado”. Son las sombras que caminan con nosotros en la vida: egoísmo, aprovecharse de los demás, de su pobreza, de su falta de conocimiento, etcétera.

Es el mal, el pecado, el que nos aleja del Padre y de los demás, el que nos hace personas deshonestas, mentirosas, buscadoras del placer; nos hace capaces de lastimar alos demás con la venta de droga o nos vuelve ansiosos de ganancias desmedidas. Vemos que también está en los demás. Nos duele haber vivido algunas situaciones desagradables, a veces solos y otras acompañados. Es el mal y el pecado que están en nuestra vida.

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